El mundo es un lugar cada día más peligroso y España e Italia siguen gastando en defensa la mitad que en pagar los intereses de la deuda
27/08/2026 | Economía
*El pago de intereses supone casi el 200% del gasto en defensa en ambos países.
*La cifra era peor hace décadas, pero los riesgos geopolíticos se han multiplicado.
*El poderío militar de Polonia deja en evidencia a España: gasta el doble en defensa.
El gran problema de endeudarse más de la cuenta es que no solo hay que devolver el dinero prestado, sino también pagar los intereses correspondientes. En el caso de los Estados soberanos, este pago de los intereses es un especial quebradero de cabeza en la medida en que se va incrementando según lleguen nuevas refinanciaciones o se eleven los tipos de interés (alzas de los bancos centrales, expectativas de política monetaria o mayores primas por plazo ante la incertidumbre). Un axioma económico muy recurrente es que los grandes imperios empiezan su declive cuando este pago de los intereses supera su gasto en defensa. Con EEUU, todavía potencia hegemónica mundial, cruzando ese umbral, se han desatado los análisis pertinentes y las preocupaciones. Sin embargo, en un mundo que los expertos en geopolítica consideran cada vez más peligroso (las guerras y los shocks exógenos no dejan de encadenarse desde el covid), hay dos países que presentan un ratio especialmente preocupante aunque ya no sean 'imperios': España e Italia.
Lógicamente, el citado axioma (conocido como la Ley de Ferguson) se está aplicando a EEUU, vigente 'imperio', donde los pagos por intereses rebasan ya el billón de dólares al año, según las últimas cifras de la Fed de San Luis, superando la cuantía del gasto militar desde 2024. No obstante, resulta aleccionador observar esta medición en otras grandes economías igualmente expuestas a las amenazas de un mundo más interconectado y a la vez más frágil que nunca. Aunque desde hace ya tiempo que el otrora Imperio Español y el otrora Imperio Romano superan el gasto militar con creces en su pago de intereses, lo preocupante es que esto siga sucediendo cuando los riesgos se han multiplicado y ya no se disfruta ni del histórico 'dividendo de la paz' tras la Guerra Fría ni de la conocida como 'pax americana' (la Administración Trump ha dicho por activo y por pasiva que los demás deban pagar por su propia seguridad). Mientras el presidente estadounidense presiona sin cesar a los socios de la OTAN para que eleven hasta el cielo su inversión en defensa (de él parte la exigencia del 5% del PIB), amenazas como la guerra híbrida de Rusia están llamando a las puertas del Viejo Continente.
Según un reciente informe publicado por la firma de rating Scope, entre los miembros del G-7, el gasto en intereses en 2026 superará el gasto en defensa en todos los países excepto en Alemania y Canadá: en Alemania, pese al boom de inversiones desplegado por Berlín en materia militar, los gastos por intereses ascenderán al 35% del gasto previsto en defensa para 2026. Si en EEUU la cifra ya llega a un preocupante 121%, las de España e Italia siguen peligrosamente cerca del 200%, lo que hace palidecer a las demás. En Reino Unido, el coste de los intereses ascenderá al 105% del gasto en defensa y en Francia, 'sucesora' para mal de Italia como gran sospechosa de la deuda en Europa, hasta el 103%.
"Se prevé que el impacto fiscal del aumento de los costes de financiación se haga cada vez más patente a través del incremento del gasto en intereses", alerta en el informe de Scope Eiko Sievert, director ejecutivo de calificaciones del sector soberano y público de la firma. "Esto pone de relieve el reto que supone equilibrar la sostenibilidad fiscal con otras prioridades de gasto, como la defensa, el gasto social, la inversión climática y los costes relacionados con el envejecimiento de la población", redobla el analista sus advertencias.
En el caso de España, el gasto en defensa para 2026 se estima en 23.333 millones de euros, según el informe para este año de Global Firepower (GFP). En el otro lado de la comparativa, el gasto en intereses de la deuda pública en España se prevé que alcance los 42.059 millones de euros en 2026 según el Gobierno, mientras que la AIReF (Autoridad Independiente de Responsabilidad Fiscal) eleva la estimación hasta el entorno de los 43.300 millones de euros. Tomando la estimación de la AIReF, esto arroja un porcentaje del 185%, que escala, según los datos de Scope, al 193% en Italia.
La inversión en defensa es ahora mismo uno de los 'melones' que tiene abiertos sobre la mesa Europa. En el caso de los dos países mediterráneos, el Gobierno de España se ha plantado ante las exigencias de Trump aduciendo frente al plenario de la OTAN que la cifra del 2,1% del PIB para seguridad es suficiente. En el otro extremo de la mesa, el Ejecutivo italiano que lidera Giorgia Meloni ha criticado abiertamente a Pedro Sánchez por su postura a la vez que ha manifestado su intención de aumentar el gasto en defensa y seguridad de alrededor del 2% al 2,8% del PIB, impulsado principalmente por el gasto en seguridad nacional. No obstante, es vox populi en Roma que las estrecheces fiscales de Italia lo dificultarán sobremanera.
Los intereses persiguen a España e Italia
Esta historia viene de lejos, pero resulta hoy más llamativa en medio de la vorágine del creciente gasto en defensa en Europa, que se ve como algo desorbitado desde varios puntos de la sociedad, pero lo cierto es que los gobiernos han gastado mucho más en intereses de la deuda que en defensa a lo largo de las últimas décadas. Durante los últimos 30 años, España e Italia han recorrido un camino parecido en el coste de su deuda pública, aunque partiendo de niveles radicalmente distintos. Los datos del FMI muestran que en 1995 Italia destinaba nada menos que el 11,6% de su PIB al pago de intereses, más del doble que España, que empleaba el 5,1%. Eran todavía los últimos coletazos de una época de tipos de interés nominales muy elevados (el marco italiano y la peseta seguían recorriendo las calles de Roma y Madrid), inflación más alta, primas de riesgo importantes y unas finanzas públicas que tenían que convencer a los mercados de que ambos países serían capaces de converger con el núcleo europeo antes de entrar en el euro. Italia llegaba además con una losa mucho mayor, puesto que contaba con una deuda pública superior al 100% del PIB (en el caso de España la deuda era equivalente al 57% del PIB). A mediados de los noventa, por tanto, cada renovación de bonos vencidos obligaba a sustituir deuda cara por nueva deuda todavía relativamente costosa y una parte enorme de los ingresos públicos acababa en manos de los acreedores.
La primera gran transformación llegó precisamente con la convergencia hacia el euro y el nacimiento de la moneda única. A medida que los mercados fueron dando por segura la entrada de España e Italia en la unión monetaria, las primas de riesgo se hundieron y los tipos de sus bonos comenzaron a aproximarse a los de Alemania. Además, la desinflación permitió al futuro BCE operar con tipos mucho más bajos que los que habían sido habituales anteriormente. El efecto fue extraordinario porque no hacía falta reducir toda la deuda para abaratar su factura, puesto que a medida que vencían los antiguos títulos emitidos a tipos elevados, los gobiernos podían refinanciarlos a costes mucho menores. Entre 1995 y 2006, el gasto en intereses de Italia cayó del 11,6% al 4,6% del PIB, mientras que en España descendió del 5,1% a solo el 1,6%. El euro proporcionó así durante su primera década una especie de enorme dividendo financiero a ambos países, especialmente a Italia, aunque Roma aprovechó menos que España aquellos años de dinero barato para reducir de forma contundente su elevada ratio de deuda.
La crisis financiera de 2008 rompió esa tranquilidad, pero inicialmente el golpe a los intereses fue contenido porque los bancos centrales reaccionaron derrumbando los tipos. El BCE pasó rápidamente de combatir la inflación a intentar evitar una depresión, llevando el precio oficial del dinero hacia mínimos. Sin embargo, la recesión disparó los déficits, obligó a los Estados a endeudarse mucho más y terminó desembocando en la crisis de deuda soberana del euro de 2010-2012. Ahí reapareció una variable que durante los primeros años del euro parecía haber desaparecido: el riesgo de que España o Italia fueran mucho más peligrosas para un acreedor que Alemania. Las primas de riesgo se dispararon y emitir nueva deuda volvió a resultar caro. El impacto se observa con retraso en las cuentas públicas. En España, los intereses pasaron del 1,6% del PIB en 2008 al 2,47% en 2011, el 3,02% en 2012 y un máximo del 3,58% en 2013. Italia, que partía de una deuda mucho mayor, pasó del 4,40% en 2010 al 5,12% en 2012. Los intereses se dispararon pese a la corta duración de la crisis, lo que demuestra cómo un cambio de sentimiento en el mercado puede echar por tierra las finanzas de grandes economías (que tome nota Francia en la actualidad).
Se acabó el whatever it takes
El incendio se apagó cuando el BCE dejó claro que no permitiría que la ruptura del euro se convirtiera en una profecía autocumplida. El célebre whatever it takes de Mario Draghi en julio de 2012, seguido del diseño de las OMT para comprar deuda soberana si fuera necesario, redujo radicalmente las primas de riesgo incluso sin necesidad de activar el programa. Después llegó una política monetaria todavía más expansiva: tipos próximos a cero y posteriormente negativos, operaciones masivas de liquidez para los bancos y, desde 2015, compras de deuda a gran escala mediante el programa APP. El mecanismo volvió a ser el mismo que a finales de los noventa: cada bono antiguo y caro que vencía podía sustituirse por otro mucho más barato. Así, aunque el volumen de deuda seguía siendo enorme, Italia redujo su factura de intereses desde el 5,12% del PIB de 2012 hasta el 3,34% en 2019; España pasó del 3,58% de 2013 al 2,26% en 2019. El banco central consiguió separar temporalmente dos conceptos que normalmente deberían ir de la mano: mucha deuda dejó de implicar necesariamente una elevada carga de intereses.
La pandemia llevó ese fenómeno todavía más lejos. España e Italia dispararon sus déficits y su deuda para sostener empresas, hogares y sistemas sanitarios, pero la factura financiera no explotó porque el BCE absorbió buena parte de la tensión mediante el PEPP, su gigantesco programa extraordinario de compras lanzado en 2020, mientras mantenía los tipos de interés en mínimos históricos. En otras palabras, la deuda aumentaba, pero el coste medio al que se financiaba disminuía y los bonos antiguos seguían siendo refinanciados a tipos excepcionalmente bajos. De ahí una paradoja muy visible en los datos: pese al enorme endeudamiento provocado por el covid, España redujo el gasto en intereses desde el 2,26% del PIB de 2019 hasta el 2,12% en 2021, mientras Italia se mantuvo prácticamente estable alrededor del 3,42%. El crecimiento del PIB nominal posterior también ayudó a mantener contenida la ratio al aumentar el denominador sobre el que se mide la carga financiera.
Ese mundo comenzó a desaparecer con la gran inflación de 2021-2023 y el endurecimiento monetario del BCE iniciado en 2022. Las subidas de tipos no se trasladan inmediatamente a toda la deuda pública, porque buena parte está emitida a largo plazo y conserva durante años el cupón con el que nació; el daño aparece gradualmente, a medida que vencen bonos baratos y deben sustituirse por títulos nuevos más caros. Por eso España ha pasado de dedicar el 2,12% del PIB a intereses en 2021 al 2,45% en 2024 y subirá hasta el 2,6% en 2025, según acaba de publicar Eurostat, mientras Italia ha subido del 3,42% al 3,89%, después de alcanzar el 4,08% en 2022.
La diferencia entre ambos países sigue reflejando fundamentalmente el tamaño de la mochila acumulada. Italia soporta una deuda pública mucho mayor y, además, suele pagar una prima superior frente a Alemania. La experiencia de estas tres décadas deja así una lección: la factura de intereses depende tanto de cuánta deuda se acumula como del precio al que el mercado permite refinanciarla. Los bancos centrales pueden aliviar enormemente esa carga hundiendo los tipos y actuando como comprador de última instancia, como ocurrió tras 2012 y 2020, pero cuando la inflación obliga a retirar ese apoyo (mantenerlo dispararía aún más la inflación) la aritmética vuelve a imponerse y el coste de una elevada deuda reaparece poco a poco en los presupuestos. (elEconomista, 2026-08-27)
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